Cuando eras niño no tenías miedo. Decías todo lo que pensabas, danzabas sin que te importara cómo, hablabas tu verdad, confrontabas todo pero desde un lugar de dicha e inocencia. Pero en algún momento alguien te dijo que lo estabas haciendo mal: «no puedes hacer esto así», «demasiado llamativo «, «deja de llorar «, «deja de patalear», «sé más femenina», “sé menos femenino”. Y toda esta lista de cosas te empezaron a bombardear.

Entonces comenzaste a ponerte nervioso, perdiste la espontaneidad, la inocencia, te llenaste de juicios: “no puedo cantar”, “no puedo bailar”, “no soy bonita”, “no soy tan inteligente”, “mi mamá ama más a mi hermano que a mí”, bla bla bla… Y la lista es larguísima, eterna. Entonces empezaste a crear este personaje que tú supones que va a encajar: «¡Hola, este es mi personaje!: no lloro, estoy enfocado en el éxito y tengo una lista de comportamientos». Y ahí está ese gran personaje, y cada uno tiene el suyo.

Pero en algún momento comenzamos a conectarnos con la conciencia y a ver, en primer lugar, que no tenemos idea de quienes somos: si tuviéramos que describirnos haríamos una lista de lo que “hacemos” y describiríamos nuestra personalidad. Pero nosotros no somos esa personalidad que creamos. Por otro lado dudamos de todo porque nos volvimos inseguros, porque nuestra autoestima bajó, y aunque actuamos como si fuéramos suficientemente buenos, muy en lo profundo no nos sentimos para nada lo suficientemente buenos, no nos sentimos merecedores de amor. Si alguien nos critica nos enojamos, ¡pero nosotros nos criticamos todo el tiempo!

A medida que hacemos el cambio y la conciencia comienza a expandirse, los miedos empiezan a subir a la superficie y luego a irse. Y siempre debajo de todo miedo está la rabia, está la tristeza, eso está siempre ahí. El miedo sería como la tapita de la botella que mantiene todo adentro, pero una vez que sacas la tapita, todo lo demás empieza a salir.

Entonces, a medida que comienzas a expandir tu conciencia eres capaz de ver todas estas cosas y a liberarlas, y vas a empezar a querer más. La conciencia empieza a empujar y mientras más hables tu verdad, más la conciencia te empuja. Tu corazón se va a sentir incómodo si no eres íntegro, si estás mintiendo, si no hablas tu verdad. Vas a empezar a sentirte muy incómodo y vas a tener que hacerlo, y más te transformas en las acciones del amor, más rápido crece el amor, hasta que se torna en algo natural: hablo mi verdad, siento mis emociones, me expongo exactamente como soy, no uso máscaras y vivo en el momento presente. Si yo me empodero puedo empoderar a todos, puedo ver el potencial de todo y de todos.

Ser dichosos es algo natural para nosotros, experimentar la paz y el amor también, y eso lo podemos vivir cuando nuestros corazones están abiertos. Los niños son así: experimentan paz y dicha porque sí, no necesitan un motivo, no es que sólo despiertan felices el día de navidad. Despiertan felices cada día, y eso es amor-conciencia. Es constante, es permanente y es así como uno lleva la dicha al mundo.

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Volviendo a encontrar la dicha
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Isha Judd
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