Aunque todos lo hemos experimentado, no nos damos cuenta de hasta qué punto nuestro estado de ánimo afecta a los que nos rodean. Todos hemos notado cómo el ambiente cambia cuando entra alguien que está de mal humor, ya sea el jefe, un cliente o un adolescente amurrado: una nueva tensión nos envuelve y nuestra espontaneidad se apaga.

Al cambiar nuestro estado interno, al reemplazar la negatividad y la preocupación constante de la mente por la ligereza, la celebración y la inocencia, logramos cambiar el ambiente a nuestro alrededor de manera mucho más profunda de lo que cualquier música ambiental o vela aromática pudieran lograr.

Estar en presencia de una persona feliz es un deleite; levanta el ánimo de todo le mundo alrededor. No me refiero a alguien con mentalidad positiva o con una actitud de «querer es poder”. Me refiero a una persona que refleja ese gozo interior que solo puede venir de la expansión del amor- conciencia. Y como consecuencia, florecen los elementos de confianza y pro actividad, pero con un aire diferente: están marcados por una calma y una quieta certeza.

Cuando nutrimos nuestro aspecto interior, el cambio que sucede en forma natural se desborda hacia los que nos rodean. La naturaleza del amor-conciencia es el dar, y la dicha busca de manera espontánea compartir lo que tiene con otros. Lo mismo sucede con la risa, es contagiosa. Es por eso que el cambio interior es la base de la transformación exterior.

Al cultivar la dicha interior ponemos las cosas en marcha, el resto es solo cuestión de tiempo. El manantial que burbujea desde nuestro corazón se junta con los manantiales burbujeantes de otros, y al desbordarse dentro de nuestros hogares y comunidades, una inundación empieza a formarse, lavando lo viejo y dejando a su paso todo renovado.

Antes, nuestra fachada positiva era en el fondo algo artificial, parte de la presentación pulida que usábamos para «vender» nuestra propia valía a los demás. Pero ahora, esa dicha no viene de querer demostrar nuestra importancia a otros, sino de residir en el verdadero poder de nuestro ser. Cuando éste habla, todos paran y escuchan, ya que el amor-conciencia comanda la atención de su mundo sin esfuerzo ni opresión.

Al nutrir nuestro aspecto interior, podemos cambiar al mundo, y el primer lugar donde notaremos cambios será en nuestras relaciones personales. En casa, en la oficina y en la sociedad, sentimos la necesidad de ejercer control y amoldar a otros a nuestra voluntad, únicamente porque nos falta la claridad interior que, con su mera presencia, inspira a los demás a escuchar. Un verdadero líder, sea en la familia o en cualquier otra situación, inspira a través de su amor, no a través del miedo. Y éste es el verdadero poder, el poder del corazón.

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Inspirando a través del amor
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Aunque todos lo hemos experimentado, no nos damos cuenta de hasta qué punto nuestro estado de ánimo afecta a los que nos rodean.
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Isha Judd
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