No nacemos con un mapa que nos guíe para transitar por la vida. Somos una pizarra en blanco donde todo comienza a grabarse, y a menudo nuestra primera reacción es consecuencia de lo que más nos dolió en algún momento. Aprendemos y actuamos repitiendo esto una y otra vez.

Ese sentimiento tan intenso que quedó grabado producto de un juicio que se implantó muy al comienzo, es lo que yo llamo el “surco primero” y cuya melodía repetimos tantas veces, tantas, que pronto se transforma casi en una identidad.

Esto que quedó marcado en nuestros primeros años de vida produce un sentimiento de separación del amor dentro de nosotros. Dejamos de vivir en la plenitud absoluta, en la paz del momento presente, para pasar a depender del amor que viene de afuera. Todos hemos tenido uno o varios momentos que nos separan de la experiencia de unidad, donde la seguridad del afuera pasa a ser más importante que todo lo demás.

Ya de adultos podemos encontrarnos con que aparece, por ejemplo, muchísima rabia. Solemos reprimirla y negarla porque es un lugar interno no aceptado. Lo censuramos, lo juzgamos, creemos que de ese modo pareciera que no existe, como cuando de niños nos tapábamos los ojos, convencidos de que así todo desaparecería. Pero eso no sucede.

De estar, en la primera infancia, unidos completamente lo interno con lo externo, pasamos a ignorar esa experiencia profunda. Ahora sólo lo externo existe, y no sabemos cómo manejarnos allí. Llegamos al punto de ignorarnos tanto, que ya ni sabemos qué es lo que realmente sentimos.

Todos merecemos vivir nuevamente en ese espacio de conciencia que es la fuente del amor incondicional. Es una energía de dicha y de abundancia. Al principio, tal vez será solo ese lugarcito de paz. Es lo más sutil que existe, y a la vez lo más poderoso. Es muy constante, seguro, agradable, no es etéreo ni exaltado. Estamos encontrando aquel lugar olvidado en nuestro interior.

Una vez que lo hemos encontrado vamos a cuidarlo, a cultivarlo, eligiendo estar allí en todo momento. ¿Y cómo lo nutrimos? Enfocándonos en apreciar, en agradecer, en el amor. Finalmente vas a ver lo maravilloso que es estar abrazándote totalmente, en unión contigo mismo y con todo.

Hemos aprendido que esto es ser egoísta, pero verás como es todo lo contrario. Verás cómo, desde allí, no puedes hacer sino darle a los demás, y también verás lo abundante que te hace sentir ese dar. Es un dar que emerge de la fuente infinita del amor incondicional y que yace justo allí, en tu corazón.

Lo único que realmente te puede completar es ese todo interno, y una vez que logras eso, vas a crear muy rápidamente en tu vida todo lo que sientas que deseas, pero ya sin necesidad, sin apego. El tener sucede como consecuencia, pero ya no es lo importante. Lo importante es el dar: más das, más todo es un maravilloso reflejo del amor-conciencia en permanente expansión, sin límite que separe ya el interior de todo lo demás. Es un gran SÍ al amor, a la vida, a la fuerza más elevada, sea cual sea el nombre que tenga, – puede ser Dios para ti – un gran SÍ a todo.

Articulo original tomado de Estrella Valpo

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El camino hacia el reencuentro interior
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