Las EmocionesEl poder de ser Vulnerable
Isha Judd

En tu sótano interior no hay dragones ni demonios: solo hay emociones. Y nadie ha muerto nunca por sentir una emoción.
Imagina un cofre con un tesoro en el fondo del mar. En un día claro, desde la superficie, puedes verlo relumbrar a través de las aguas cristalinas. Pero cuando el agua está turbia y agitada, el tesoro desaparece de tu vista. Lo mismo ocurre con tu paz: si vives la vida en la superficie, será intermitente.
Cuando las aguas están quietas te sientes relajado, centrado y calmo. Si los vientos soplan a tu favor, te sientes confiado, seguro e inspirado. Pero cuando una tormenta trae el caos a tus horizontes, apareces aturdido, preocupado y agitado. Enfrentar tus emociones reprimidas es aprender a habitar también esa tormenta.
Cuando llevas tu atención hacia adentro y activas tu capacidad de atestiguar, es como si prendieras la luz en un sótano abandonado. Al hacerlo, quizá prefieras volver a apagarla en lugar de enfrentar el desorden causado por tantos años de negligencia. Pero reaccionar así no repara los daños.
Si deseas limpiar el sótano, la luz debe seguir encendida. Tienes que estar dispuesto a enfrentar lo que allí encuentres. La buena noticia es que no será tan terrible como tal vez crees: no hay dragones en tu sótano, ni demonios ni otros monstruos. Solo hay emociones.
Puede ser atemorizante enfrentar tus emociones reprimidas, pero lo peor que puede pasar es que llegues a sentir, y nadie ha muerto por sentir una emoción. De hecho, te haces mucho más daño, física y psicológicamente, al ignorar tus sentimientos. Naciste único, una representación divina y perfecta en forma humana, pero cubriste a esa persona maravillosa con máscaras, ideas, deberes y prohibiciones.
Si eres vulnerable, puedes prescindir de las protecciones, esas paredes y máscaras que construiste para ocultarte del mundo. Da miedo, porque te deja abierto a sentir la fragilidad y la inseguridad que esas paredes encubrían. Pero cubrirlas no las hace desaparecer: para liberarte de esos sentimientos, debes abrazarlos y entregarte a ellos.
Señales de que estás viviendo en la superficie
Tu paz es intermitente: aparece cuando todo está calmo y se esfuma apenas llega una tormenta.
Ante el caos te sientes aturdido, preocupado y agitado, sin un centro al que volver.
Prefieres «apagar la luz» y no mirar lo que hay adentro, antes que enfrentar el desorden.
Sostienes paredes y máscaras para ocultar tu fragilidad, aunque cubrirla no la disuelva.
Ignoras lo que sientes, y ese esfuerzo por no sentir te desgasta física y psicológicamente.
Un caso para reconocerte
Prendes la luz de tu sótano interior, ves el desorden acumulado y tu primer impulso es volver a apagarla. Enfrentar años de negligencia asusta, y parece más fácil dejar todo a oscuras. Pero apagar la luz no limpia nada: el desorden sigue ahí, esperándote.
Cuando por fin te quedas y miras, descubres que no había monstruos, solo emociones. Y al reconectarte con tu Ser sumergido, hallas la mejor compañía que existe, porque nadie te conoce tan bien como tú. Estar contigo se vuelve una delicia, una plenitud que ninguna pérdida ni tragedia puede quitarte.
La práctica: ser testigo de tus emociones
Lleva la atención hacia adentro y activa tu capacidad de atestiguar, como quien prende la luz en un cuarto a oscuras.
Cuando aparezca una emoción reprimida, no vuelvas a apagar la luz: quédate y permítete enfrentar lo que encuentres.
Recuerda que dentro solo hay emociones, y que nadie ha muerto por sentir. Deja que la emoción llegue en vez de ignorarla.
Abraza la fragilidad y la inseguridad, y entrégate a ellas: es soltando las máscaras como te liberas de esos sentimientos.
Sostén tu experiencia de amor-conciencia dentro de cualquier estado emocional, atestiguando desde un espacio interno de alegría y desapego.
No hay dragones en tu sótano, ni demonios u otros monstruos: solo hay emociones.
FAQ
Para Isha Judd, enfrentar las emociones reprimidas es llevar la atención hacia adentro y activar tu capacidad de atestiguar, como quien prende la luz en un sótano abandonado. El primer impulso es apagarla de nuevo, pero eso no repara nada. Si te quedas y miras, descubres que no había monstruos, solo emociones. Y nadie ha muerto por sentir: te haces más daño al ignorar lo que sientes.

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